Monkey Boy’, viajar a la raíz de la violencia; Goldman habla de su más reciente novela

La violencia es el motor del siglo XXI. En un instante subyace en el relato de cualquier migrante que aterriza en la vida americana o en el corazón de una familia estadunidense que sucumbe a la imagen de un padre agresivo y machista, así como en la crueldad racial que toleran niñas y niños en el colegio o en la mente de un hombre que ha perdido al amor de su vida y hace del duelo una especie de locura.

De todo eso habla Monkey Boy, la más reciente novela el narrador y ensayista Francisco Goldman (Boston, 1954), con la cual ganó el American Book Award 2022 y lo anotó como finalista del Premio Pulitzer de Ficción 2022, un relato autobiográfico que, en apariencia, sólo revive las memorias del periodista Frankie Goldberg, protagonista de la historia, durante un viaje a Boston que dura cinco días, pero termina por ser la disección de una cultura materialista y desigual.

Uno de los temas del libro es la crueldad familiar íntima, la cual encontramos en las vidas de estos personajes, aunque también se refleja la crueldad del poder político que existe dentro de países como Guatemala y Estados Unidos, cada uno a su manera”, detalla el también autor de Di su nombre y El circuito interior.

Publicado por la editorial Almadía, con traducción de Daniel Saldaña París, el volumen será comentado hoy por el periodista Jon Lee Anderson en la página YouTube de Espacio Fundación Telefónica Madrid y el 26 de noviembre, será presentado en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, a las 19:00 horas.

¿Es Monkey Boy un itinerario de recuerdos donde prevalece el dolor? “La historia cuenta, en el ámbito macro, un viaje de cinco días a casa para que el personaje vea a su familia y, en ese periplo, nos relata su vida. Sin embargo, la manera como está narrado es artificial, porque ninguna persona narra su vida de esa forma, pero es una ficción y quise hacerlo así, basado en ciertas preguntas fundamentales sobre la memoria y los recuerdos”.

Y abunda: “Empecé esta novela cuando iba saliendo del duelo por Aura (fallecida en 2007, luego de quebrarse la columna mientras practicaba bodysurfing, en las playas de Mazunte, Oaxaca), pero hoy la vida es distinta. Estoy casado, tengo dos hijas y todo cambió. La muerte de Aura modificó mi manera de escribir por años y con esta novela quise indagar un poco en cómo el pasado influye en el presente y cómo ese entorno (violento) en el que crecí pudo afectar mi vida, nuestra vida, porque el duelo te vuelve, a veces, loco”.

¿Por qué eligió hechos y personajes cotidianos de la vida estadunidense? “Porque vale mucho más lo que parece insignificante y cotidiano. Eso no hay que borrarlo, aunque te sientas obligado a dirigir la mirada a los asuntos históricos y políticos. Además, al imaginar este viaje para ver a mi mamá, era claro que no estaría pensando en la guerra de Guatemala, quizá de vez en cuando, sino que vendría a mi mente aquel amor del bachillerato que me contactó o aquellos chicos que me hicieron bullying”.

¿Es Boston una ciudad violenta? “En Boston se crece con violencia, porque es esa cultura irlandesa e italiana que ves en las películas de Ben Affleck. En Boston un chico tiene que aprender a pelear. Recuerdo que en una ocasión estaba en el jardín y no sé qué pasó, pero llegó un vecino y tuve que pelear con él. Aquel día mi papá estaba feliz porque pude golpear a aquel niño… así que en esa cultura crecí y aún tengo cicatrices en el cuerpo de aquellas riñas”.

Y añade: “en el pueblo donde crecí había mucho racismo y un sentimiento antisemita y antilatino, que se combinaba con una especie de conformismo gringo que te exigía ser normal. ¿Qué es ser normal? Por ejemplo, si una niña, como mi hermana, practicaba el violín, se burlaban de ella; y si alguien quería participar en una obra de teatro le decían homosexual. Y todo eso es un poco el sedimento de esa cultura que le dio aliento a Donald Trump (en 2017), donde todo tenía que ser muy patriota, muy macho y muy normal”.

Finalmente, Francisco Goldman recuerda que, en alguna ocasión, Kurt Vonnegut se refirió al estudio del bachillerato como el infierno gringo e imaginaba que tras ir a la universidad podría librarse de todo, pero al terminar sus estudios se percató de que todo Estados Unidos era una especie de bachillerato eterno.

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