Mujer escapa de Afganistán para reencontrarse con su hermana en Chile 14 años después

Afganistán.- Tras la llegada al poder del los Talibanes al país Zainab dejó de ser una exitosa profesora, sumiéndose en una terrible depresión que la llevó a pensar en el suicidio como un medio de escape ante tal situación.

En este sentido, La mujer afgana, con estudios de psicopedagogía en la Universidad de Kabul y una maestría en psicología en Chipre, paso de vivir cómodamente en la ciudad montañosa de Bamiyán, a escapar por tierra a Pakistán, para finalmente llegar a Chile como refugiada gracias a su hermana.

“Estaba desesperada, tan llena de miedos e incertidumbres que dejaba una ventana abierta en el tercer piso de la casa donde me acogieron en Kabul (…)  Si los talibanes querían llevarme, yo me lanzaría para quitarme la vida”, cuenta Zainab a BBC.

Tras la retirada de las tropas estadounidenses Zainab sintió la amenaza que suponía también para ella el retorno del radicalismo, especialmente porque era una mujer que daba clases en la universidad y en una escuela construida por Estados Unidos, sumándole a esto, su trabajo se realizaba en Bamiyán, una ciudad que era referente cultural y de las artes, todo lo contrario al régimen Talibán.

“Daba cursos de Comunicación sin Violencia, de cómo proteger a los niños del abuso sexual”

“Mis alumnos son mi gran pérdida. Siento que los abandoné, reflexionó en Santiago de Chile.

Poco después de la “victoria de los talibanes” en el país, Zainab comenzó a ser perseguida por ser una educadora y una mujer divorciada, los talibanes la tacharon de ser una “infiel” y fue perseguida por el movimiento radical.

“Empecé a recibir llamadas de desconocidos a mi celular diciendo que darían mi nombre a los talibanes, también mensajes de texto: Te estamos buscando, te llevaremos a la fuerza y serás nuestra esposa”, contó a BBC.

“Cambié tres veces mi número y aun así seguían llegando las advertencias: Vayas donde vayas, te vamos a encontrar, me escribieron”, relató.

“Antes de ser asesinada, violentada en mis derechos, tomada como botín de guerra o que no me dejarán nunca más enseñar, tomé la decisión de abandonarlo todo y cruzar la frontera hacia Pakistán”, remató

La madrugada del 17 de agosto, Zainab y seis amigos tomaron el bus más barato y desvencijado rumbo a Kandahar, la cuna espiritual y lugar de nacimiento del Talibán.

Habían conseguido el contacto de un traficante de migrantes que los haría cruzar a Pakistán por el paso sureño de Spin Boldak.

“Me puse un vestido largo, modesto, que me cubría hasta los tobillos. Encima, un gran velo que me tapaba casi por completo, excepto los ojos. Debajo tenía puesto un pantalón al que le había cosido por dentro un bolsillo a la altura del muslo para esconder mi pasaporte, el dinero y mi celular”, relató.

“Decidimos con mi amigo Mansoor que seríamos matrimonio (…) Antes de partir ensayamos decenas de veces preguntas y respuestas, por si nos atrapaban”, añadió.

“El bus iba lleno de pasajeros de todas las etnias, sentados hasta en el suelo (…) Los niños más pequeños orinaban dentro (…) Del techo nos caía polvo. El calor era insoportable (…) Todos teníamos ganas de vomitar”, dijo.

En su trayecto a la libertad, Zainab recuerda la violencia que se vivía en distintas partes del país, en este sentido también expresó la terrible experiencia de pasar por varios controles del ejército talibanes.

“A ratos corría la cortina de la ventana y veía rastros de violencia por doquier: ropa tirada, zapatos, casquillos de balas, restos de autos-bomba calcinados acompañados siempre del terrible silencio”.

“Pasamos nueve controles talibanes (…) Los hombres subían al bus con el rostro tapado (…) Nos miraban directamente a los ojos, uno por uno, como tratando de reconocer a alguien (…) Se me cortaba la respiración, sudaba como si me hubieran tirado agua encima, me sentía aturdida”, dice Zainab.

“A los hombres siempre los bajaban del bus para un interrogatorio y las mujeres nos quedábamos arriba. Mi amiga Fareeda y yo éramos las únicas mujeres con velo. Las demás llevaban burka, con el que solo puedes mirar por una rejilla”.

“Los conductores sabían quiénes éramos (…) Cambiamos una y otra vez de auto, unos pequeños vehículos de tres ruedas, populares en India (…) No sabíamos quién nos llevaba ni quién era el encargado (…) Sólo obedecíamos”.

El último conductor les entregó solo a los hombres los papeles falsos que acreditaban su residencia en Pakistán, Zainab relató que se pusieron en la fila junto a otros miles de afganos. Familias con niños, enfermos, ancianos, todos cruzaban a pie la frontera.

“Me dolió escuchar de boca de un soldado pakistaní decir que en su país no hay espacio para los hazaras. Igual que los Talibanes, ellos llevaban látigos hechos de madera. Con eso daban fuertes golpes a los hombres y a veces, a las mujeres, para controlar la multitud”.

El 18 de agosto, el grupo de amigos por fin entró a Pakistán, mientras, en Chile, su hermana Zahra avisaba a Cancillería del paradero de su hermana y de su condición de migrante ilegal en Pakistán.

La subsecretaria de relaciones exteriores chilena se puso en contacto con el embajador argentino en Pakistán, Leopoldo Sahores, quien puso en regla el estatus migratorio de la académica y así logaron buscar a Zainab personalmente.

“Él me acompañó al aeropuerto y estuvo conmigo hasta que partí rumbo a Dubái, de allí viaje a Paris y luego finalmente llegue a Chile”.

El pasaje había sido comprado por médicas que integran la asociación chilena «Doctora Mamá», donde Zahra, la hermana de Zainab, es amadrinada por catorce de sus integrantes.

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